Necesitamos una rebelión contra la extinción

Protesta de Extintion Rebellion en Londres. Foto: Extintion Rebellion

El 3 de diciembre de 2018 dará comienzo el COP24 en Katowice, Polonia. Una nueva conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático que debería coordinar los esfuerzos de los Estados para limitar el aumento de las temperaturas a niveles “significativamente inferiores” a los 2ºC, de acuerdo con los compromisos del COP21 de París.

Sin embargo, la historia de las COP no nos invita a tener muchas esperanzas en torno a esta nueva edición, pues las anteriores no consiguieron alejarnos de las graves consecuencias del cambio climático.

Hace tres años la “Comunidad Internacional” celebró el Acuerdo de París como un hito histórico. Ya en su día señalé que este acuerdo había sido más un espectáculo que un avance real, tal y como la propia organización de las Naciones Unidas sobre el cambio climático admitió más tarde en su informe cuando advertía que las “contribuciones nacionales previstas no eran compatibles con los escenarios de 2° C”.

Dos años más tarde, justo antes del COP23 en Bonn, la misma organización nos alertaba de nuevo de que “la plena implementación de las actuales contribuciones determinadas a nivel nacional —condicionales e incondicionales— hace muy probable que el aumento de la temperatura sea de, al menos, 3°C para el año 2100, lo que significa que los gobiernos deben comprometerse de forma mucho más contundente en la revisión programada para 2020.” 

En este contexto, la Unión Europea se ha comprometido a reducir las emisiones de todos los gases con efecto sobre el clima en un 40% hasta el año 2030 (en comparación con las de 1990). Una disminución que se revela claramente insuficiente, según señala una nueva investigación publicada en la revista Nature basada en las contribuciones determinadas previstas a nivel nacional (CDPN) —que son los compromisos de cada país comunicados a las Naciones Unidas—, y según las cuales los emisiones previstas por la UE nos llevarían a un aumento de las temperaturas de 3,2ºC, mientras que las de España nos conducirían a los 3,4ºC.

Y todo ello en contexto en el que hay serias dudas acerca del cumplimiento de los compromisos de la Unión Europea para el año 2030. Pues, según un informe reciente de la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) “las reducciones de emisiones previstas en la UE hasta 2030 estarían solamente un 30% por debajo de los niveles de 1990, si se tienen en cuenta las medidas de mitigación existentes, y tan sólo un 32% cuando son consideradas también medidas adicionales”; lo que en cualquier caso queda muy lejos incluso del insuficiente compromiso establecido en el 40%.

La emergencia climática continúa, cada vez peor

Hace ya más de 30 años que somos testigos de los tristes espectáculos de las Cumbres del Clima, caracterizadas por sus escasos resultados y sus abundantes compromisos incumplidos. Y esto solo si tenemos en cuenta los últimos 30 años, que es desde cuando los gobiernos han reaccionado (o al menos simulado hacerlo) ante el problema del cambio climático.

La primera Conferencia Mundial sobre el Clima tuvo lugar en Ginebra en 1979 (hace casi 40 años), y en su declaración ya exigió a las naciones “prever y prevenir posibles cambios en el clima provocados por el hombre que podrían ser adversos para el bienestar de la humanidad.” ,la cual dio lugar a la creación del Programa Mundial sobre el Clima.

Se puede decir que el espectáculo de las Cumbres empezó con la Conferencia Mundial sobre el Cambio Atmosférico: Implicaciones para la Seguridad Mundial en Toronto en 1988. En el documento de referencia de esta conferencia se decía que “los países industrializados desarrollados del mundo son la mayor fuente de gases de efecto invernadero y que, por lo tanto, asumen ante la comunidad mundial un compromiso mayor a la hora de asegurar la ejecución de medidas que hagan frente al cambio climático…” e incluía un llamamiento concreto a la acción: “Reducir las emisiones de CO2 en aproximadamente un 20% respecto a los niveles de 1988 para el año 2005 como un objetivo global inicial”, señalando claramente que “las naciones industrializadas tienen la responsabilidad de liderar el camino, tanto a través de sus políticas energéticas nacionales como de sus acuerdos de asistencia bilateral y multilateral”. No obstante, a pesar de las buenas palabras e intenciones, las emisiones de CO2 crecieron en estos años desde 21,5Gt hasta 29,5Gt, ¡un crecimiento del 37%!

En este mismo año, 1988, la Asamblea General de la Naciones Unidas declaró que los cambios climáticos “constituyen una preocupación común de la humanidad” y encargó al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, en sus siglas en inglés) la elaboración de informes periódicos sobre el problema. También 1988 fue el año en que empezaron las negociaciones para la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que finalmente fue aprobado en 1992 para entrar en vigor en 1994. Una Convención que marcó un nuevo hito con la que se aceleró el espectáculo de las Cumbres del Clima o “COP” (Conferencias de las Partes) a partir de 1995. No obstante, la Convención Marco no estableció ningún objetivo de reducción de emisiones; estos solamente llegaron algunos años después con el Protocolo de Kioto en 1997 (hace más de 20 años, ¿alguien se acuerda?).

Sin embargo, en contra de lo que se pueda pensar, en comparación con el documento de la Conferencia de Toronto de 1988, el Protocolo de Kioto se quedaba muy corto y, además, algunos países importantes no llegaron a suscribirlo (como fue el caso, por ejemplo, de los Estados Unidos). Dando un gran paso hacia detrás, el Protocolo solo acordaba una reducción mínima de un 5% de las emisiones de seis gases de efecto invernadero para 2008-2012, en comparación con las emisiones de 1990; siendo España un caso muy ilustrativo de este fiasco,pues en el marco de su cumplimiento, España se comprometió a limitar el aumento (!) de sus emisiones a un máximo del 15 % en relación al año base (como parte de un compromiso de la UE de disminuir sus emisiones en un 8%).

Pero la realidad fue otra bien distinta: según un articulo de El Español, España se excedió con creces y llegó a incrementar sus emisiones cerca de un 21% en 2012, y eso solo gracias a las reducciones obligadas debidas a la crisis acontecida a partir del 2008 (pues antes el crecimiento de las emisiones se situaba en ¡más del 40%!).

Así que tuvieron que pasar 15 años desde el Protocolo de Kioto para que en la COP18 celebrada en Doha en 2012 se aprobara la Enmienda al Protocolo y se asumieran reducciones “más ambiciosas”. En concreto, un 20% antes de 2020, con respecto a 1990 (recordatorio: la conferencia de Toronto de 1988 exigió una reducción en un 20% antes de ¡2005!).

Tres años mas tarde llegó el “histórico” Acuerdo de París, que estableció nuevos objetivos para la reducción de emisiones con la meta de “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2ºC con respecto a los niveles preindustriales y de seguir esforzándose por limitar el aumento de la temperatura a 1,5 ºC”. Señalando que para lograrlo “se requerirá un esfuerzo de reducción de las emisiones mucho mayor que el que suponen las contribuciones previstas determinadas a nivel nacional”.

Finalmente, el ultimo informe de IPCC, publicado el 8 de octubre de 2018, nos alerta que “para limitar el calentamiento global a 1,5°C se necesitarían transiciones rápidas y de gran alcance en la tierra, la energía, la industria, los edificios, el transporte y las ciudades. Sería necesario que las emisiones netas globales de dióxido de carbono (CO2) de origen humano disminuyeran en 2030 alrededor de un 45% respecto de los niveles de 2010, y siguieran disminuyendo hasta alcanzar el "cero neto" aproximadamente en 2050”. De momento el mundo está en camino hacia un calentamiento de 1,5ºC entre 2030 y 2052 y hacia 3ºC en 2100, según el IPCC que, normalmente por su consenso amplio, hace estimaciones conservadoras.

Imperativo moral para la desobediencia civil

A raíz de estos datos podemos afirmar que nuestros gobiernos no nos van a salvar. No solamente se quedan muy lejos de cumplir con sus propios compromisos, sino que, además, los compromisos acordados, tanto en el Protocolo de Kioto como en el Acuerdo de París, se quedan demasiado cortos para frenar el aumento de las temperaturas globales y limitar este incremento en menos de 1,5ºC.

Es poco probable que nuestros gobiernos, a estas alturas, vayan a cambiar, más allá de nombrar a un Ministerio para la Transición Ecológica (una fusión de dos ministerios, antes llamados Ministerio de Medio Ambiente y Ministerio de Energía), pues la prioridad sigue siendo la misma: la de promover la acumulación capitalista, o dicho de otro modo, el crecimiento económico (aunque ahora se le apellide de “sostenible” e “inclusivo”). Así que todo esto recuerda más a la neolengua de la novela 1984 de George Orwell que a una transición real de nuestro sistema productivista capitalista heteropatriarcal a otro capaz de poner en el centro la defensa y el cuidado de la vida. Así que lo más probable es que mientras nuestros gobiernos no se vean fuertemente presionados desde las Cumbres del Clima (en diciembre tendrá lugar la COP24 en Katowice) solo veremos salir poco más que aire (eso sí, cada vez más caliente). 

Las organizaciones ecologistas exigen esfuerzos mucho mayores que los que nuestros gobiernos están dispuestos a hacer y exigir a las empresas energéticas y a la sociedad en general (como, por ejemplo, que España reduzca sus emisiones netas a cero antes de 2040). Sin embargo, el borrador de la Ley de cambio climático y transición ecológica del actual gobierno solamente plantea reducir las emisiones en un 20% con respeto al año 1990 hasta 2030, con un objetivo de cero emisiones para 2050. 

Así que como los gobiernos están conduciendo a nuestras sociedades hacia el abismo, no nos queda otro camino que la desobediencia civil, una desobediencia masiva y prolongada. Martin Luther King, en su carta desde la cárcel de Birmingham, escribía: “La acción directa no violenta busca crear una crisis tal y generar una tensión tal, que una comunidad que constantemente se ha negado a negociar, se vea obligada a enfrentarse al problema. Busca dramatizar el conflicto tanto, que ya no pueda ser ignorado más”. 

Estamos en una situación similar. Nuestros gobiernos se están negando a tomar las medidas necesarias para limitar el calentamiento global muy por debajo de 2ºC, aunque lo acordaran en París en 2015. Su inacción o actuación insuficiente nos lleva a un aumento de las temperaturas de más de 3ºC, lo que muy probablemente superaría varios puntos de inflexión y desencadenaría un calentamiento global catastrófico.

Mas allá del imperativo moral y político, la desobediencia civil se puede justificar también legalmente. La declaración de Estocolmo sobre el medio ambiente humano de la Conferencia de las Naciones Unidas de 1972 estableció en su principio 1 “el derecho fundamental… al disfrute de condiciones de vida adecuadas en un medio ambiente de calidad tal que permita llevar una vida digna y gozar de bienestar”. De manera que podemos afirmar que la inoperancia de nuestros gobiernos supone una clara violación de este derecho fundamental.

En este sentido, un número creciente de litigaciones estratégicas sobre el cambio climático está haciendo también uso de este argumento legal a la hora de denunciar a los gobiernos nacionales e instituciones europeas ante la insuficiencia de sus compromisos o el incumplimiento de los acuerdos. Fruto de esta estrategia, ya se han logrado algunos éxitos como lo demuestra la reciente sentencia en Holanda que obliga al gobierno a acelerar sus esfuerzos para disminuir las emisiones o la litigación de People’s Climate Case contra el Consejo y el Parlamento Europeo, que el Tribunal de la Unión Europea ha aceptado proceder en agosto de este año.

De modo que los mismos argumentos que se usan en estas litigaciones se pueden utilizar también a la hora de justificar la desobediencia civil.

¿Que podemos hacer?

La inacción de nuestros gobiernos —el fracaso de nuestras instituciones— muestra claramente que si queremos tener futuro deberíamos ponernos a trabajar: construir un nuevo movimiento de desobediencia civil masiva, una rebelión noviolenta en contra de nuestra extinción.

Existen muchas inspiraciones, desde las campañas de desobediencia civil de Gandhi en Sudafrica e India por el movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana o el movimiento ActUP, entre muchas otras.

En relación con el cambio climático existen varias iniciativas inspiradoras como, por ejemplo, 350.org a nivel internacional, o la campaña Ende Gelände, en Alemania,  u otras campañas similares que utilizan la desobediencia civil masiva en contra de las minas de carbón.

La última propuesta es la iniciativa nacida en Inglaterra y que el pasado 17 de noviembre logró bloquear en Londres los cinco puentes principales que se elevan sobre el río Támesis con más de 6.000 personas en un nuevo movimiento de rebelión no violenta contra la extinción (Extinction Rebellion). Sobre este movimiento, el exarzobispo de Canterbury, Rowan Williams, comentó junto a casi 100 personas procedentes de la Academia que: "Si bien nuestras perspectivas académicas y experiencia pueden diferir, estamos unidos en este punto: no toleraremos el fracaso, de éste o ningún otro gobierno, a la hora de tomar medidas sólidas y de emergencia con respecto a la crisis ecológica".

Este movimiento ahora se esta extendiendo a nivel internacional. En el Estado español se están dando los primeros pasos para organizar una rebelión contra la extinción. ¿Te sumas?

Fuente
Cambio Climatico
Necesitamos una rebelión contra la extinción
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