A descarbonizar la economía

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Tras décadas de negacionismo y parálisis política ante la amenaza del cambio climático, parece que algo está cambiando definitivamente en el seno de nuestras sociedades. Después de más de cuarenta años de activismo ecologista predicando en el desierto, el cambio climático y la crisis ecológica se han convertido, en muy poco tiempo, en trending topic.

En apenas unos meses, la cuestión ecológica ha pasado del frustrante ostracismo político a ser un tema central que ha conducido a declarar el estado de emergencia climática a numerosos países y ciudades del mundo. Ahora, una vez vencido el negacionismo y reconocida la grave situación, lo que comienza a estar en disputa es cómo se interpreta esta realidad y cómo se actúa frente a ella: aquí es donde nos estamos jugando el futuro.

Por ahora, la narrativa y la agenda que se están imponiendo es aquella que nos dice que para evitar un cambio climático catastrófico debemos descarbonizar nuestras economías y que para lograrlo, básicamente, debemos de apostar por una rápida transición en el modelo energético y productivo, electrificando todos los sectores económicos y realizando una fuerte inversión en las energías renovables y la digitalización de la economía. Es el discurso que despliegan de forma simultánea y complementaria: el Green New Deal en el ámbito político y económico, la Cuarta Revolución Industrial en el entorno de las corporaciones transnacionales y los Objetivos del Desarrollo Sostenible en el tercer sector, calando especialmente entre las ONG, las organizaciones sociales y las empresas de economía social.

Sin embargo, frente a estas narrativas reformistas que tratan de adaptar el sistema económico capitalista a los nuevos tiempos, surgen cada vez más voces, procedentes del ámbito académico, científico y activista, que nos alertan del error que estamos cometiendo cuando, a la hora de plantear soluciones, nos dejamos guiar por la falsa idea de que las energías renovables pueden sustituir felizmente a los combustibles fósiles, sin considerar sus limitaciones y el contexto de declive global del petróleo, el gas y el carbón, así como de muchos minerales estratégicos, durante las próximas décadas. Una consideración que resulta fundamental incorporar al diagnóstico y que cuestiona la sostenibilidad ecológica y la deseabilidad social de la agenda dominante: ¿Es realista el objetivo del crecimiento económico global sostenido, inclusivo y sostenible en un planeta finito? ¿Puede la economía global seguir creciendo mientras realiza su conversión hacia las energías renovables? ¿Es universalizable y sostenible este modelo de electrificación y digitalización de la economía? ¿Es suficiente con descarbonizar? ¿Qué papel debe jugar la economía social y solidaria (ESS) en todo esto? Veamos.

¿Qué significa descarbonizar la economía?

Resumidamente podríamos decir que es el proceso por el cual una economía intensiva en el uso de combustibles fósiles se convierte en otra de bajo consumo fósil, hasta alcanzar una huella de carbono cero, es decir, hasta que todas sus emisiones son compensadas y neutralizadas mediante estrategias de captación y almacenamiento del carbono.

¿Por qué necesitamos descarbonizar la economía?

Nuestro sistema económico actual basado en un uso intensivo de los combustibles fósiles, además de tener un alto impacto sobre el clima y la destrucción de la naturaleza (al extraer y contaminar más allá de los límites que nos podemos permitir), presenta una gran dependencia de fuentes energéticas que se enfrentan a un declive global en las próximas décadas. De modo que descarbonizar la economía no sólo es un deber urgente frente a la amenaza del cambio climático catastrófico y la aniquilación de la vida en nuestro planeta, sino también una obligación de la que no podemos escabullirnos (nos descarbonizaremos, más pronto que tarde, queramos o no). Sin embargo, si no lo hacemos rápidamente, podríamos acabar colapsando bruscamente, ya sea por los impactos del cambio climático y/o el desabastecimiento energético.

¿Y cómo se hace eso de descarbonizar?

Un error repetido frente a la emergencia climática y energética es obviar lo limitado, contradictorio y contraproducente que sería emprender este proceso de descarbonización sin tocar otras piezas del puzzle sistémico como la adicción al crecimiento económico, la obsesión por las soluciones complejas, industriales y de alta tecnología o el sesgo urbanita, patriarcal y colonial de las lógicas económicas y culturales, como bien señala Carlos Taibo en su último libro cuando propone, frente al riesgo de un colapso general del sistema, una agenda compuesta por seis verbos: Decrecer, Desurbanizar, Destecnologizar, Despatriarcalizar, Descomplejizar y Descolonizar.

Decrecer

“Poner la vida en el centro”, como viene proponiendo la ESS, junto a la economía feminista y el ecofeminismo, requiere dejar de perseguir el crecimiento económico, para priorizar la satisfacción de las necesidades humanas y el cuidado del planeta.

Para ello, será necesario no sólo fortalecer y hacer crecer a la ESS en nuestros territorios, sino también tejer alianzas sociales y políticas a nivel internacional que presionen a los gobiernos del mundo hacia: 1) la reforma el sistema económico-financiero mundial para que el dinero deje de crearse, a partir de la deuda, con un tipo de interés (de modo que el crecimiento económico continuo deje de ser un imperativo estructural), 2) el abandono del crecimiento del PIB como objetivo político, y 3) la democratización de la economía, socializando los medios de producción, para que sea la ciudadanía quien pueda decidir democráticamente en qué producciones y consumos deben invertirse los recursos limitados disponibles en cada momento. Medidas imprescindibles para que el decrecimiento económico, energético y material al que están abocadas nuestras sociedades pueda gestionarse de una manera democrática, ordenada y justa.

Es importante señalar aquí que decrecer no es negociable, es un dato, un imperativo geológico al llegar a los cénits de extracción de los recursos fósiles y minerales -decreceremos, más pronto que tarde, queramos o no-. Pero también es una cuestión moral, ya que debemos decrecer de manera anticipada, democrática, ordenada y justa si queremos evitar la catástrofe ecológica, llevar a cabo una transición justa y liberar recursos para que otras poblaciones, especies y generaciones futuras puedan vivir dignamente.

Desurbanizar

Descarbonizar también debería de significar desurbanizar las ciudades frente a su manifiesta insostenibilidad. La ESS podría convertirse en un agente facilitador de la reruralización progresiva de las poblaciones, así como de la re-naturalización de las ciudades, con el objetivo de relocalizar la producción y el comercio, revitalizando las economías locales que reducen las necesidades de transporte e importación de materias primas y productos procedentes de largas distancias. La ESS podría convertirse en uno de los agentes principales de este proceso, junto a las instituciones públicas locales y regionales, para lograr un nuevo desarrollo del sector primario, mediante una conversión de la agricultura y la ganadería industrial en cultivos agroecológicos, ganadería extensiva, reforestación con árboles frutales y diseños de permacultura, así como mediante la capacitación de la población en oficios tradicionales artesanales y la recuperación de los saberes del campesinado local.

Destecnologizar

Otro de los retos de la ESS, en palabras de Taibo, significaría “analizar críticamente cuál es la condición de muchas de las tecnologías que el sistema nos regala, no vaya a ser que no resulte tan evidente su naturaleza liberadora o emancipadora” y que, como apunta John Zerzan, “nos estén colando por detrás la huella de la división del trabajo, la jerarquía y la explotación”.

Sabemos que la tecnología no es neutral y que no basta con traspasar su control a otras manos para eliminar sus efectos perversos y convertirla en fuente de equidad y sostenibilidad. Necesitamos preguntarnos sobre la condición social y ecológica de la tecnología que utilizamos: ¿es la mejor manera de satisfacer las necesidades para la que ha sido diseñada? ¿es universalizable? ¿es sostenible? ¿qué problemas puede generar su uso?

En el caso de las llamadas “energías renovables” como los paneles solares o las turbinas eólicas, que cobran especial protagonismo durante el proceso de descarbonización, tenemos que tener en cuenta, como señala Pedro Prieto, que, en realidad, “son complejos sistemas no renovables de captación temporal de una fracción de los flujos intermitentes de energía renovable” que tienen tienen grandes limitaciones en sus prestaciones energéticas y que además para su fabricación e instalación son fuertemente dependientes de las energías fósiles, la minería y el transporte motorizado.

De modo que el avance hacia la descarbonización de la economía vendrá de la mano, más que de la innovación tecnológica, de un replanteamiento de los objetivos políticos, junto con la innovación social y el cambio cultural, que promuevan el ahorro, la eficiencia y el desarrollo de procesos productivos bajos en consumo energético e intensivos en mano de obra (lo cual podría generar muchísimos trabajos nuevos que fueran socialmente necesarios y ecológicamente sostenibles). Porque la energía más barata y menos contaminante es la que no se usa.

Despatriarcalizar

El productivismo, la razón, la jerarquización, la competitividad, la expansión, la individualidad son rasgos característicos de las relaciones capitalistas y patriarcales que se erigen como dominadoras frente a otras relaciones basadas en la igualdad, el cuidado, el afecto, la cooperación, la solidaridad, el respeto de los límites o el sentido de lo común. Por eso, en un contexto cultural cautivo de este imaginario, corremos el riesgo, como ya está ocurriendo, de que el proceso de descarbonización, que supone vivir con menos energía y materia, acabe aumentando las desigualdades sociales frente al fortalecimiento de las estructuras de poder temerosas de perder su status quo. De modo que una tarea fundamental, para que esta transición sea justa, será despatriarcalizar todas las estructuras y relaciones económicas mediante un feminismo amplio y anticapitalista, del 99% como diría Nancy Fraser.

Quizás este sea uno de los seis verbos más consolidados dentro de la ESS, aunque, como sabemos, todavía queda mucho trabajo por hacer para conseguir que las mujeres y otros colectivos se liberen de la opresión. En este sentido, para abrir boca, sería útil que nos paráramos a analizar nuestras propias organizaciones y empresas de ESS: nuestra composición interna, nuestras relaciones, las personas que participan en los espacios que creamos, las alianzas que generamos, etc. desagregando los datos por género, edad, clase, capacidad, orientación sexual, etnia, nacionalidad, etc. y nos preguntemos si esas relaciones se están dando en igualdad y si estamos siendo inclusivos. También resultaría interesante observar si estamos creando espacios en nuestras organizaciones o empresas para el cuidado mutuo y la gestión emocional o si estamos poniendo los medios necesarios para cuidar no sólo la forma de alcanzar los objetivos que nos planteamos, sino también los procesos para llegar a ellos y las personas y organizaciones implicadas.

Descomplejizar

La economía actual nos genera muchas dependencias: tecnológicas, energéticas, comerciales, de especialización, etc. que nos hace muy vulnerables frente a un posible colapso del sistema energético y tecnológico. Actuamos como si todo este entramado tan complejo fuera a estar ahí por siempre. Pero, sabemos que no, por lo que deberíamos de anticiparnos al futuro antes de que éste nos pille por sorpresa. ¿Hasta qué punto las organizaciones y empresas de la ESS serían resilientes ante problemas de abastecimiento de petróleo o del suministro eléctrico? ¿o ante mayores impactos del cambio climático? ¿hasta qué punto depende de la economía digital o del comercio internacional? Como dice Taibo “si queremos recuperar la independencia por fuerza tendremos que aceptar una progresiva descomplejización”.

Descolonizar

Significaría, principalmente, dejar de sustraer en nuestro provecho las ingentes cantidades de materia y energía extraídas de otros territorios donde viven poblaciones que necesitan de esos recursos, y dejar de explotar a esas poblaciones que trabajan también para nuestro provecho en condiciones laborales que serían inaceptables para nuestro enriquecido occidente. Asimismo, supondría también aprender humildemente de quienes todavía conservan aspectos culturales, prácticas y filosofías de vida menos mercantilizadas e individualizadas.

Aunque aquí la ESS ha hecho buena parte de sus deberes al apostar por una economía local y arraigada al territorio, cabría preguntarnos hasta qué punto está trabajando junto con otros agentes sociales y políticos en favor de un cambio sistémico que acabe con los privilegios materiales y energéticos de buena parte de nuestras sociedades; o si es consciente del coste ambiental y social del capitalismo verde para los países empobrecidos, desde donde se extraen los minerales y las energías fósiles necesarias para la creación de la nueva infraestructura “verde”; o si está aprendiendo e incorporando prácticas económicas menos mercantilizadas y monetizadas. Creemos que en estos aspectos aún cabe un buen margen para la descolonización.

Por una nueva agenda común alternativa

Algunas compañeras de viaje dentro de la ESS piensan que los Objetivos de Desarrollo Sostenible impulsados por las Naciones Unidas con el respaldo de numerosos gobiernos, el Green New Deal promovido por los partidos socialdemócratas y verdes, y la Cuarta Revolución Industrial lanzada por el Foro de Davos son espacios de disputa y que, por tanto, son una oportunidad para construir el futuro, percibiéndolos como si fueran un significante vacío del que dotar de contenido.

Sin embargo, cuando leemos los documentos de referencia y observamos quiénes están detrás de su promoción, no vemos tal oportunidad, sino más bien un marco de desarrollo que limita las posibilidades de transformación ecosocial, dando continuidad a la lógica del crecimiento económico, la acumulación del capital y la producción tecno-industrial que esquilma a la naturaleza y explota a los pueblos y a las personas más vulnerables. En un peligroso camino hacia sociedades ecofascistas que permitirían, mediante regímenes autoritarios con poder económico y militar, acaparar recursos para seguir sosteniendo el estilo de vida de cada vez menos personas, a costa de que cada vez más gente no pueda acceder a los mínimos materiales para una existencia digna.

Más que un espacio de disputa, estas agendas parecen ser un instrumento de propaganda política y corporativista, así como de legitimación del sistema, con el fin de desactivar la contestación social y reorganizarse para una nueva huida hacia delante, vistiéndose de trajes de innovación, progreso, inclusividad y sostenibilidad. De modo que tendríamos que preguntarnos ¿hacia dónde progresamos con estas agendas? ¿quiénes progresamos? ¿y a costa de qué y de quienes?

En este contexto, consideramos muy importante que en el seno de las redes de la ESS se abra un proceso que nos permita definir, para los próximos años, una agenda propia ante la descarbonización de la economía, capaz de incorporar con rigurosidad los límites de los recursos y desarrollar una perspectiva decrecentista, feminista y decolonial.

De lo contrario, si reducimos el proceso de descarbonización sólo a un cambio del sistema energético y modelo de producción y consumo, conformándonos con ser un nicho de mercado dentro de este sistema, acabaremos legitimando el capitalismo verde que se nos viene encima, en un remake de “No hay alternativa”. Y para resistir a este proceso de cooptación, necesitaremos elegir muy bien a nuestros aliados para construir una nueva agenda común alternativa, capaz de generar otros relatos y poner en marcha otras estrategias y acciones políticas, sociales, económicas y culturales más creativas, justas, resilientes y transformadoras, superando el marco de asimilación que se nos presenta desde las instituciones y los organismos que representan a los intereses de los Estados y los Mercados, recuperando así el lema con el que nos maniféstabamos en el 15M y que decía: “no somos mercancías en manos de políticos y banqueros”.