Hombres (heteros, cis, blancos), tenéis un problema: vuestra violencia

Miles de mujeres tomaron la calle en repulsa por la sentencia de La Manada. Foto de Álvaro Minguito
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Se acerca el 8 de marzo, la huelga feminista, una movilización importante del feminismo. Es previsible que algunos hombres (no diré ‘muchos’) se sumarán a estas manifestaciones, un menor número asumirán las tareas de cuidados ese mismo día. La mayoría se quedarán en casa, calladitos. Otros, más visibles desde la irrupción de Vox en el escenario político y el giro a la derecha del PP de Casado con su discurso monocorde de la “ideología de género”, se opondrán abiertamente, reclamando su masculinidad.

No obstante, creo que casi todos los hombres heterosexuales, cisgénero y blancos, con independencia de la posición que adopten el 8 de marzo, comparten un problema que siguen ocultando: su propia violencia, así como su participación en el mantenimiento del patriarcado.

Antes de continuar, me gustaría incidir sobre la perspectiva desde la que estoy escribiendo, qué subjetividad construye mi discurso. Creo que no se puede escribir sobre género desde la neutralidad, sostengo que nuestra posición y nuestras propias experiencias contribuyen a la forma en la que vivimos la opresión patriarcal y de género. Escribo este texto desde la perspectiva de una persona genderqueer, es decir, una persona cuya identidad de género es no binaria. Me asignaron la categoría hombre al nacer, he luchado gran parte de mi vida con y contra las diversas expresiones de masculinidad, incluso las masculinidades gay; nunca he llegado a sentirme mujer, por tanto, no he encajado en ninguno de las casillas que nuestras sociedades me ofrecen, lo cual me ha mantenido en un conflicto continuo hasta decir “¡ya basta!” y situarme fuera del sistema binario de género.

Los hombres, víctimas principales 

En ocasiones, podemos encontrar algún grano mínimo de verdad en los lloriqueos y quejas de los (empleo de forma consciente el masculino) votantes de Vox. Un ejemplo claro y simple: el argumento según el cual las principales víctimas de la violencia son hombres. Es verdad. Un 69% de los víctimas de homicidios en España son hombres —hablamos de todo tipo de homicidios—. Pero, seamos claros, el 90% de los perpetradores son hombres, según un artículo en El País de diciembre de 2018. Dudo que estas cifras varíen sustancialmente si analizamos todos los crímenes violentos. A escala mundial, casi un 95% de las víctimas de homicidios son hombres.

Existen algunas excepciones, relacionadas con la violencia de género. Según el mismo artículo, “en el caso específico de violencia en la pareja, de 871 autores citados en el informe, 131 son hombres que matan a su pareja o expareja mujer y 17 son mujeres que matan a su pareja o expareja hombre”.

Podemos apuntar otras experiencias de las que se habla poco (y de las que tampoco hablan Vox ni Casado): uno de cada seis hombres ha sufrido abuso o acoso sexual al cumplir los 18 años, según algunas estadísticas. De nuevo, la gran mayoría de estos acosos son responsabilidad de otros hombres (sí, existen mujeres que abusan sexualmente, pero su número es muy inferior). Es la mitad de lo que experimentan las mujeres (una de cada tres mujeres ha sufrido abuso o acoso sexual al cumplir los 18 años). Y, una de cada diez víctimas de una violación es un hombre, de nuevo, principalmente, perpetrada por hombres heterosexuales.

Masculinidad como fuente de violencia

Que no se hable de los hombres como víctimas y que la mayoría de los victimarios sean hombres tiene una causa común: la masculinidad (o las masculinidades). Tiene que ver fundamentalmente, más que con la testosterona, con la construcción social de las masculinidades, así como las consecuencias y heridas producidas por dicha construcción.

Como señala el investigador estadounidense Kimmel en Masculinidades globales: restauración y resistencia: “La violencia ha sido parte del significado de la masculinidad, parte de la forma en que los varones han medido, demostrado y probado su identidad. Sin otro mecanismo cultural por el que los jóvenes puedan llegar a verse como hombres, han asumido la violencia como el camino para hacerse hombres”.

Este proceso conlleva que gran parte de la violencia permanece dentro de los parámetros de los jóvenes varones. En mi juventud, he sufrido en multitud de ocasiones acoso homofóbico por parte de jóvenes varones —supuestamente amigos— claramente con el objetivo de reafirmarse en su masculinidad y heterosexualidad. Aunque esto se produjo mucho antes de definirme como hombre gay, no encajaba en las expectativas de masculinidad, realmente no importaba si o no era gay. La homofobia es una manera de excluir a personas y comportamientos del ámbito de lo masculino, podemos decir que actúa como una “policía de la masculinidad”.

El acoso va mucho más allá que el acoso homofóbico. El acoso escolar está creciendo, y, de nuevo, podemos encontrar que ha aumentado el número de niños varones acosadores: “En general, los autores del acoso escolar son niños varones de su propia clase (18,65%) y niños de otras clases (13,42%). En los casos de acoso entre iguales, los varones son señalados como agresores en más del doble de los casos que las niñas (18,65% y 8,03 % respectivamente).”

Otra manera de “hacerse hombres”, por lo general es someter a otros jóvenes varones.

¿Culpa del feminismo?

Es verdad que hay pocos servicios para hombres (heteros, cis) víctimas de violencia sexual. De hecho, cuando busqué, no hace demasiados años, no encontré ningún servicio para hombres supervivientes de violencia sexual en su infancia  —ni en Andalucia, ni en España—. Todos los servicios existentes, tanto de ONG como de servicios públicos son para mujeres supervivientes de abuso sexual. Tampoco existen dichos servicios destinados a hombres gay.

No obstante, sería un error grave culpar al movimiento feminista de esta ausencia de servicios, o al movimiento LGBTIQA+. Estos movimientos atienden a sus supervivientes, luchan contra la violencia y la discriminación y, desafortunadamente, tienen mucho más trabajo que hacer que recursos para realizarlo. Además, no lo olvidemos, son supervivientes de una violencia principalmente masculina —de hombres cisgénero, heterosexuales y blancos—.

El movimiento feminista tiene una sobrecarga enorme: en 2018 hubo 98 feminicidios en España, en las primeras seis semanas de 2019 rondamos los 12 asesinatos. Oficialmente, se registran cada día cuatro violaciones, y el 76% de las mujeres en España asegura haber sufrido comportamientos machistas a lo largo de su vida y casi la mitad señala la falta de corresponsabilidad en la convivencia cotidiana con un hombre. Una de cada tres mujeres ha sufrido acoso por parte de un hombre en la calle, en el trabajo o en otro contexto. A esto podemos añadir la brecha salarial y otras formas de discriminación.  ¿Quién puede quejarse de que el movimiento feminista priorice “sus” supervivientes?

El movimiento gay también tiene una sobrecarga enorme, aunque “según el Pew Research Center, el 88% de los españoles es gay friendly ”. No obstante, según un informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, un 38% de las personas encuestadas en España sufrió acoso o discriminación por su orientación sexual en los 12 meses anteriores a la encuesta. Un informe de la FELGBT de 2013 indica que, entre jóvenes lesbianas, gais y transexuales, el 43% ha llegado a fantasear con la idea de suicido, el 35% lo ha planificado y el 17% lo ha intentado en una o varias ocasiones. Las cifras de discriminación en centros educativos son altísimas: más del 80% ha presenciado insultos homófobos; la mitad, amenazas y violencia física; el 37%, palizas y más de la mitad, exclusión.

El movimiento trans lo pasa aún peor. Más del 80% de las mujeres transexuales fueron víctimas de delitos de odio y más del 40% intentaron quitarse la vida en algún momento de su existencia. Los hombres transexuales superan con creces estas cifras, según la encuesta realizada por la America Foundation for Suicide Prevention.

La situación es más dramática aún entre las personas queer o nobinarias: un estudio de 2008 de la National Transgender Discrimination Survey (encuesta nacional sobre discriminación hacia personas transgénero de Estados Unidos) mostró que las personas no binarias tenían más probabilidades que las personas trans binarias (hombres trans y mujeres trans) de sufrir ataques físicos (32% contra 25%), sufrir brutalidad y acoso policial (31% contra 21%), y salirse de tratamientos médicos debido a la discriminación (36% contra 27%). Este estudio también encontró que era más probable que estas personas fueran racializadas (30% frente al 23%) y jóvenes (menores de 45 años) que en el caso de las personas trans binarias (89% contra 68%).

Con todo esto, ¿deberíamos también encargarnos de vosotros, hombres cis heteros? No lo creo. Ya tenemos suficiente con “lo nuestro”, y tampoco quiero ocultar que entre nosotras existen enormes problemas: transfobia en sectores del movimiento feminista, machismo en el movimiento gay, queerfobia dentro del movimiento trans, por no hablar de los privilegios de clase, raza, pasaporte...

Aunque todos estos movimientos tienen en común que afrontan una violencia y discriminación principalmente ejercidos por hombres cisgénero y blancos, creo que ninguno de ellos puede definirse como “anti-hombre”. Son movimientos que luchan contra el heteropatriarcado y sus manifestaciones en nuestras vidas. 

Vuestra violencia es vuestra tarea

No obstante, me parece ridículo exigir a estos movimientos que se hagan cargo de la violencia de los hombres cis, heteros y blancos. Lo siento, pero afrontar vuestra violencia contra vosotros mismos (y nosotres) es vuestra tarea. La violencia es vuestro problema. Es fácil llamarse aliado del movimiento feminista (o LGBTIQA+) y acudir a sus manifestaciones u otros eventos, pero no es suficiente. Lo más difícil —y lo más importante— es ir a la raíz de la violencia, reflexionar sobre los privilegios propios (masculinos), las cicatrices y heridas propias producidas en la construcción de esta forma de masculinidad así como los distintos tipos de violencia que genera y produce.
No quiero decir que no me he beneficiado de ciertos privilegios.

Soy una persona blanca, tengo un pasaporte de la Unión Europea, cuando me leen como hombre me asignan todos (o algunos) de los privilegios masculinos (o no, claramente tengo apariencia de un género disidente). Pero vosotros: por favor, tomad conciencia de vuestros privilegios, masculinos, heterosexuales, y cisgénero (entre otros).

¿Cómo estáis vosotros, hombres cis heteros blancos, sosteniendo vuestros privilegios ¿sois conscientes de ellos, hombres supuestamente aliados del feminismo? ¿Cómo estáis participando en la construcción y reproducción de masculinidades cis y hetero “violentas” en las nuevas generaciones alimentando y reproduciendo el patriarcado?
No iré tan lejos como Ed Mead de la Brigada George Jackson y Hombres contra el Sexismo en EE UU, quien dijo (citado en Fuego Queer ) que “un varón no debería llamarse a sí mismo antisexista a menos que haya chupado una polla”.

No obstante, ¿donde están los grupos de hombres heterosexuales que se permitan crear espacios de intimidad para reflexionar sobre los privilegios masculinos y cisgénero, las violencias propias, la participación en la reproducción del patriarcado y de la heteronormatividad, así como desarrollar estrategias propias individuales y colectivas para superar las distintas formas de violencias y destruir sus privilegios?

A las mujeres feministas, a los hombres gay, a las lesbianas, a bolleras, a bisexuales, a las personas trans y a nosotras, las personas disidentes sexuales y de género nos gustaría teneros como aliados de verdad. Todavía estáis demasiado lejos. ¿Cuándo empezaréis? Nuestra paciencia se acaba...

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