Aportaciones desde la teoría queer al ecologismo en tiempos de extinción

Ilustra Belen Moreno
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«No es suficiente señalar a les “uno de diez” ecologistas, como si la mera presencia de cuerpos homosexuales en los bloqueos de las carreteras de tala fuera una forma significativa de inclusión o conversación. No es suficiente simplemente agregar “heterosexismo” a la larga lista de dominaciones que dan forma a nuestras relaciones con la naturaleza, pretender que podamos simplemente “agregar queers y agitar” en nuestras construcciones de lo que significa “opresión” y “explotación”. No es suficiente con ponerse iconos con triángulos rosados junto a los que dicen “Salvemos a las ballenas” y “Detengamos la lluvia ácida”. No es suficiente, incluso, imaginar que el árbol que estás abrazando es del mismo sexo que tú.
O tal vez eso es un inicio. Tal vez incluso esté coqueteando contigo.» (Sandilands, 1994)

Desde que Catriona Sandilands escribiera estas palabras en 1994 se ha desarrollado, al menos en el mundo anglosajón, un debate partiendo de la idea de «queerear al ecofeminismo» (Greta Gaard, 1997) hasta la propuesta de una «ecología queer». En este artículo me gustaría explorar algunos aspectos de este debate.

¿«Crimen contra la naturaleza»? o ¿una naturaleza inherentemente queer?

Lo que es supuestamente «natural» se ha usado desde hace mucho tiempo en nuestras culturas occidentales en contra de las sexualidades e identidades no heteronormativas. No obstante, la mirada de los (!) científicos-biólogos heterosexuales ha sido bastante sesgada, como dice Bruce Bagemihl en su libro Biological Exuberance. En la «naturaleza» podemos observar abundancia de actos sexuales no heteronormativos, animales «transgénero» o «transexuales»: es decir, la naturaleza es abundantemente queer. Es más, los investigadores sistemáticamente han hecho encajar sus observaciones no heteronormativas en su marco moral cristiano; ocultaron lo que observaron para construir una naturaleza heteronormativa.

Con esto no quiero usar el mismo argumento: como ahora sabemos que lo queer es natural, entonces es bueno (como lo intentan hacer algunes cientifiques con la búsqueda de un gen de la homosexualidad). Más bien, como explica Greta Gaard en Toward a queer ecofeminism,

el problema de la opresión basada en la sexualidad no es limitada al dualismo heterosexual/queer. (…) El problema mayor es la erotofobia de la cultura occidental, un miedo tan fuerte que solamente una forma de sexualidad es abiertamente permitida; solamente en una posición; y solamente en el contexto de ciertas sanciones legales, religiosas y sociales.

¿Ecología sin naturaleza?

En los movimientos ecologistas encontramos a veces una glorificación de la naturaleza, construida como algo distinto a nuestra cultura humana, a nuestra civilización. Desde el ecofeminismo hablamos de nuestra ecodependencia como seres humanos. Pero, ¿podemos realmente diferenciar entre cuerpos humanos (con cultura) y cuerpos no humanos? ¿Podemos mantener el dualismo cultura-naturaleza y simplemente deconstruir la jerarquía?

En su articulo Naturally Queer, Myra J. Hird señala que difícilmente podemos ver nuestros cuerpos «como seres discretos», que nuestros cuerpos «están construidos con mayor precisión a partir de una masa de seres que interactúan… Nuestras células también proporcionan asilo para una variedad de bacterias, virus e innumerables fragmentos genéticos.» Cuando decimos ser humano, necesariamente hablamos también, en el ámbito físico, de bacterias y de otras materias (virus, gusanos de hilo, etc.). Es decir, «en la biología no lineal, la penúltima realización de lo queer pueden ser los cuerpos en sí mismos» (Hird).

Desde el feminismo queer se señala que el sexo (supuestamente biológico, natural) es tan culturalmente construido de forma binaria como el género. La investigadora queer Joan Roughgarden identifica en su libro Evolution’s Rainbow varios géneros en animales, y dice que «muchas especies tienen tres o cuatro géneros». Si definimos cultura por la existencia de estructuras sociales, lengua, aprendizajes, afectos, es cierto que podemos observar bastante cultura en animales, una abundancia de relaciones afectivos y sexuales que se escapan de la heteronormatividad.

Para el filosofo queer Timothy Morton «la Naturaleza es una especie de concepto planteado desde un prisma antropocéntrico. […] De hecho […] emplearlo puede llegar a ser desastroso. En primer lugar porque separa el mundo humano y el no humano mediante una pantalla estética más bien arbitraria.» Según Morton, el «fantasma de la “naturaleza”» es un producto de la modernidad que «paralizó el crecimiento del pensamiento ecológico.»

Una ecología queer en tiempos de extinción

Un ambientalismo que pretende mantener áreas silvestres o unas especies especialmente lindas (ballenas, etc.) hace poco más que mercantilizar lo que pretende proteger. Vivimos en tiempos de extinción, incluso el riesgo de nuestra propia extinción se ha acercado al 5%, como muestran Yangyang Xu y Veerabhadran Ramanathan, en un artículo en PNAS de 2017. Mientras seguimos disfrutando de nuestros «privilegios de carbono», ¿qué nos puede ofrecer una perspectiva queer?

En su contribución en Queer Ecologies, Catriona Mortimer-Sandilands pregunta: «¿Qué tal si nos tomamos en serio el hecho de que la naturaleza actualmente no puede ser llorada y que las naturalezas melancólicas de las que estamos rodeades son un intento desesperado de aferrarnos a algo sobre lo que ni siquiera sabemos cómo hablar sobre el duelo?»

Aquí hay paralelismos con las experiencias queer. En un contexto homofóbico, el afecto homosexual y la pérdida de vidas queer no son valorados como merecedoras de ser lloradas, impidiendo pasar por el dolor y aceptar la pérdida. Para Judith Butler, el luto es un proceso de aceptación de que la pérdida que vivimos nos transforma, posiblemente para siempre.

Quizás en tiempos de extinción, con una pérdida diaria de más que 200 especies, deberíamos aceptar nuestro luto por las especies, hábitats y ecosistemas perdidos que en nuestra cultura occidental no merecen ser llorados, y reconocer ese luto para transformar nuestro dolor y rabia en militancia.

El movimiento Act UP creó el lema «silencio = muerte», que permitió convertir el luto y el dolor por la pérdida de seres queridos en rabia. Quizás en tiempos de nuestra propia extinción el lema «rebelión o extinción» expresa algo similar, y nos permite transformar nuestro dolor en rabia, en energía para la revolución.

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